Reseña: House of Cards

El reino de Claire Underwood

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WWRFM

Por WWRFM

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Al principio y al final de todo hay una niña. Rubia, de huesos largos, mirada inquieta y con un amargo ingenio que estalla en frases lacónicas, breves y duras. En muchas secuencias vemos cómo pasó de los juegos inocentes a ser agredida por los varones y moldeada por una madre intolerante, quien no vacilaba en culparla por todo lo que le pasaba mientras le decía: “Las chicas guapas tienen la responsabilidad de su belleza. Apuesto a que incitó a esos muchachos. La culpa es de ella”.

Culpable por ser inteligente y bella, culpable por desear y ser deseada, culpable por ser mujer. Esa es la niña que pervive en los ojos de Claire Underwood quien, en realidad, pareciera que siempre fue la verdadera protagonista de House of Cards (HoC). “Mi esposo era un medio para alcanzar un fin”, dice la nueva presidenta en una tensa escena de la última temporada que se estrena en Netflix este viernes 2 de noviembre.

De los ocho episodios grabados, The New York Times en Español tuvo acceso a cinco, lo suficiente para tener una idea bastante clara de lo que Claire tendrá que enfrentar. Al igual que sucedió con la última entrega de la serie, la trama se desarrolla con una lentitud exasperante y un coro de personajes menores e intrigas —a veces aburridas— que no le hacen justicia a la protagonista. Más allá de los amores y odios que la presidenta ficticia ha despertado entre los fanáticos, no se ha producido una transición dramática con la que se pueda ganar los corazones de la audiencia. Y eso parece injusto para una potencia actoral como la de Robin Wright.

Como ya se sabe, Francis J. Underwood ha muerto y —aunque no aparece ni una sola imagen suya— está presente en casi todas las escenas. “Los muertos nunca se quedan en la tumba. No para la gente que los amó”, asegura Claire con desaliento en una discusión. Aunque desde la quinta temporada se convirtió en la presidenta, ahora es la viuda y sucesora directa del poder ejecutivo, lo que provoca que la veamos rodeada de hienas desde el primer minuto. Por desgracia, lo que menos hace en los primeros capítulos es gobernar. Conocemos mucho más de sus dotes como brillante negociadora y temible adversaria por las temporadas anteriores.

No sabemos exactamente qué pasó la noche en que murió Francis ni tampoco queda claro si Claire se siente aliviada por su muerte o si fue la culminación perfecta para sus aspiraciones, porque su propia supervivencia política es casi un milagro. Hay tantos obstáculos en su camino que el viejo truco de “crea crisis y gobernarás sobre el caos” no funciona de buenas a primeras.

Aunque ella nos habla con frecuencia, difícilmente crea empatía y eso parece ser una falla del guion: la evolución de la frialdad y la vileza hacia una especie de heroísmo protagónico se produce tan lentamente que uno está, en buena parte de los capítulos, confundido en un laberinto de situaciones geopolíticas imposibles, obstáculos gubernamentales e intrigas de política doméstica.

En esta última temporada Claire se enfrenta a los hermanos Shepherd: Bill, encarnado con solidez por Greg Kinnear, y Annette, a cargo de la magnífica Diane Lane. Ambos representan al conglomerado armamentístico/minero/mediático/político (y todos los males que se nos ocurran); además los une el desprecio y el miedo que le tienen a Claire. En el caso de Annette se trata de una vieja rivalidad, porque ambas son amigas desde la infancia.

Sin la sofisticación y la malicia de otros villanos como Raymond Tusk, Bill se nos presenta como un misógino redomado —como la mayoría de los hombres de la serie— que se lamenta por no poder gobernar a través de una marioneta presidencial que incremente su ya vasta riqueza. De hecho, es un antagonista tan poco original que uno de sus mejores parlamentos es cuando cita a Tusk, quien supuestamente dijo sobre la mandataria: “No sé si ella es una persona o simplemente actúa como una”.

Las maquinaciones de los hermanos, en general, lucen torpes y deslucidas. Ni hablar de Viktor Petrov, esa pobre representación de Vladimir Putin, quien negocia durante un funeral y, sin mayores complicaciones, zanja cuestiones geopolíticas como si fuese Stalin ante el mapa de la Europa de posguerra. Mención aparte merecen las irrespetuosas alusiones sobre Siria que más que una tragedia bélica queda disminuida a codiciado botín de guerra.

Y aquí van unas líneas para Mark Usher, el vicepresidente más irrelevante de esta historia. Aunque los guionistas pugnan por presentarlo como el gran antagonista en la Casa Blanca, lo que justifica múltiples diálogos con él, eso no parece servir de mucho. Campbell Scott no transmite emociones en este rol. Ni siquiera es visceral o cruel, por lo que hay una desconexión total entre sus artimañas y la situación de Claire, quien, como de costumbre, lo define a la perfección como alguien trágicamente “decente”. Y ese será su destino.

Sin embargo, no todo está perdido, porque Doug Stamper —el oscuro personaje interpretado con genio por Michael Kelly— siempre llega para salvarnos del tedio. Quizá el giro más interesante de toda la trama que vemos hasta el quinto capítulo es la rara relación, inevitable y tensa, que Claire y Doug tienen que forjar para poder sobrevivir. En medio del caos político, y pese a la profundísima desconfianza que se tienen, ambos deben actuar juntos aunque eso implique doblegarse ante la voluntad del otro.

“¿Sabes que fue lo último que me dijo?”, le cuenta Doug a Claire, mientras van a bordo de “la Bestia”, el auto presidencial: “No puedo imaginar un mundo con solo uno de ustedes”. Con muchos parlamentos de este tenor, los creadores nos muestran que ambos comparten la viudez de Frank, aunque en el caso del antiguo jefe de gabinete sea más una sensación de orfandad y una inexplicable devoción filial.

Una manera de contar la historia de House of Cards es recordar las muertes que los Underwood y sus secuaces sembraron en el camino hacia el poder, así que los fantasmas de Peter Russo, Zoe Barnes, Lee Ann Harvey y, sobre todo, Rachel Posner aún son recordados en la trama. Tom Hammerschmidt, el veterano editor de The Washington Herald, vuelve a la carga y —aparte de seguir obsesionado con Posner y su oscuro vínculo con Doug Stamper— centra sus investigaciones en Claire y su participación en las múltiples fechorías que cometió junto a su esposo.

¿Por qué la última temporada tiene tantas carencias?

Lamentablemente esta serie resultó muy afectada por el devenir de los acontecimientos políticos de Estados Unidos, luego de las elecciones presidenciales de 2016. Nadie puede competir con Donald Trump cuando se trata de escandalizar, dividir, polarizar y atizar las convicciones de los estadounidenses hasta crear una especie de distopía mediática en la que él siempre tiene la razón. Eso mató a Frank Underwood, el genio maquiavélico que nos provocaba el placer culpable de ver cómo pervertía al sistema para ascender al poder presidencial. Y hay que admitir que resulta muy difícil recuperarse de ese bizarro zarpazo de la realidad que encarna Trump: una cosa es reírnos a carcajadas de la maldad y otra verla gobernar en tiempo real, tuit a tuit.

Y aunque en la temporada pasada Claire ya estaba en el poder, nuevamente los acontecimientos reales cambiaron la trama al estallar el escándalo por las acusaciones de abuso sexual que el actor Anthony Rapp —y otras personas— realizaron contra el hombre que encarnaba a Francis J. Underwood, el actor Kevin Spacey. La serie se quedó sin uno de sus protagonistas y durante algún tiempo se habló de su cancelación total. Afortunadamente, los productores confiaron en Robin Wright, quien en cada secuencia pone un empeño máximo por salvar ese naufragio creativo.

Otra de las dificultades de esta entrega final es que se pasó de trece a ocho capítulos, lo cual redujo considerablemente el margen de maniobra para los escritores. Sin embargo, seamos optimistas: los tres episodios finales son casi tres horas en las que se podría enterrar con dignidad a HoC. Con mucho menos, Orson Welles entró a la historia del cine.

Una de las grandes dudas que se cierne sobre este final es si la serie podrá captar el vibrante momento actual de las luchas por los derechos de las mujeres y la reivindicación de las lideresas en la política. Hay un atisbo de eso en los episodios tres y cinco, pero aún no se sabe si Claire decidirá ser una adalid de su género o simplemente usará las luchas sociales para sus propios fines.

Lisístrata, la antigua heroína de Aristófanes que planea una huelga sexual de las mujeres que estaban hartas de la guerra, aparece en una escena crucial de esta temporada. Quizá el destino de Claire sea desactivar los conflictos bélicos y lograr imponer la paz. Después de todo Lisístrata significa “la que disuelve ejércitos”.

Sería un legado formidable para la primera mujer que detenta el poder ejecutivo en Estados Unidos, aunque eso solo haya pasado en la ficción.

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