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Marine Le Pen: “La decisión de los británicos fue una verdadera muestra de valor”

El Reino Unido decidió soltar las amarras de la Unión Europea

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WWRFM

Por WWRFM

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Columna de opinión de Marine Le Pen, presidenta del partido francés Front National.

Si hay algo que irrita al orgullo francés es que los británicos roben cámara. Pero ante un gran despliegue de valor, incluso al francés más orgulloso no le queda más que quitarse el sombrero y hacer una reverencia. La reciente decisión de los británicos fue una verdadera muestra de valor, el valor de un pueblo que apuesta todo por su libertad.

El brexit ganó, contra todas las predicciones. El Reino Unido decidió soltar las amarras de la Unión Europea y recuperar su independencia entre las naciones del mundo. Se había dicho que esta votación se definiría exclusivamente en el campo económico; sin embargo, los británicos fueron más perspicaces de lo que se creía y supieron entender qué estaba en juego en este referendo.

Los electores británicos comprendieron que más allá de los pronósticos sobre el valor de la libra esterlina y los debates de los expertos financieros, solo se hacía una pregunta, a la vez sencilla y fundamental: ¿Queremos permitir que una autoridad nada democrática rija nuestras vidas o preferimos recuperar el control de nuestro destino? El brexit es, ante todo, un asunto político. Se trata de la elección libre de un pueblo que decidió gobernarse a sí mismo. Aunque toda la publicidad del mundo realce sus bondades, una jaula sigue siendo una jaula y resulta insoportable para el hombre que ama la libertad.

La Unión Europea se ha convertido en una prisión para los pueblos. Cada uno de los 28 países que la conforman ha perdido lentamente sus prerrogativas democráticas y las ha cedido a comisiones y consejos sin representación popular. Los países de la unión deben aplicar leyes que no desean, no pueden tomar decisiones sobre su propio presupuesto y se ven obligados a abrir sus fronteras en contra de su voluntad.

La situación de los países que se encuentran en la eurozona es todavía menos envidiable. Con el pretexto de sumarse a una ideología, economías diferentes deben adoptar la misma moneda, incluso si al hacerlo se desangran; es una versión moderna del lecho de Procusto. La opinión del pueblo ya no se toma en cuenta.

Pero entonces, ¿qué hace el Parlamento Europeo? Es democrático solo en apariencia, pues se basa en una mentira: la ilusión de que existe un pueblo europeo homogéneo, y que un polaco que es miembro del Parlamento Europeo está en una posición legítima para aprobar leyes que se aplicarán a los españoles. Hemos intentado negar la existencia de naciones soberanas. Es apenas natural que esas naciones no quieran ser ignoradas.

El brexit no fue el primer clamor de la población europea para rebelarse. En 2005, Francia y los Países Bajos organizaron referendo en torno al proyecto de una constitución europea. En ambos países la oposición fue masiva, por lo que otros gobiernos decidieron suspender el experimento en ese momento por temor a un resultado parecido. Unos años después, la Unión Europea impuso su constitución de cualquier manera, con el nombre de Tratado de Lisboa. En 2008 Irlanda, también mediante un referendo, se negó a aplicar ese tratado. De nuevo, se hizo caso omiso a una decisión popular.

Cuando Grecia decidió mediante referendo rechazar los planes de austeridad de Bruselas en 2015, la reacción antidemocrática de la Unión Europea no se hizo esperar: negar la voluntad de los pueblos ya era costumbre. En un momento de honestidad, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, declaró abiertamente, “No puede haber opciones democráticas en contra de los tratados europeos”.

Aunque el brexit no fue el primer grito de esperanza, bien puede ser la primera victoria real del pueblo. Los británicos han puesto a la Unión Europea en un dilema difícil de sortear. Por un lado, si decide permitir que el Reino Unido siga su rumbo sin problemas corre el riesgo de sentar un precedente: si un país que abandonó la Unión Europea logra tener éxito político y económico, dejaría en evidencia cuán nefasto es su esquema. Por el otro, si decide actuar como un mal perdedor y decide cobrarle por todos los medios posibles al pueblo británico por su partida, dejará expuesta la naturaleza tiránica de su poder. Por sentido común, debería optar por la primera opción pero presiento que Bruselas tomará la segunda.

Una cosa es cierta: la salida del Reino Unido de la Unión Europea no hará que esta sea más democrática. La reacción de la estructura jerárquica de sus instituciones supranacionales será reforzarse: como todas las ideologías agonizantes, la Unión Europea solo camina a ciegas. Ya se sabe cómo se asignarán los papeles: Alemania se encargará de dirigir y Francia seguirá el ritmo.

Este hecho dice mucho: el presidente François Hollande de Francia, el primer ministro Matteo Renzi de Italia y el presidente del gobierno en funciones Mariano Rajoy de España reciben instrucciones directas de la canciller Angela Merkel de Alemania, sin ninguna intervención de Bruselas. La frase célebre de Henry Kissinger, “¿A quién llamo si quiero hablar con Europa?” ahora tiene una respuesta clara: llama a Berlín.

Los europeos no tienen más que una alternativa: seguir atados de pies y manos a una institución que traiciona los intereses nacionales y la soberanía popular, que abre las puertas de nuestros países a la inmigración masiva y a esquemas financieros arrogantes, o recuperar su libertad a través del voto.

Por todos los rincones de Europa resuenan convocatorias para realizar referendos. Yo misma sugerí al presidente Hollande celebrar una consulta pública de este tipo en Francia. Se negó a hacerlo, por supuesto. El destino de la Unión Europea se parece cada vez más al de la Unión Soviética, que se extinguió a causa de sus propias contradicciones.

¡La primavera de los pueblos ahora es inevitable! Solo resta preguntar si Europa está lista para desprenderse de sus ilusiones o si tendrá que sufrir para volver a la razón. Por mi parte, tomé esta decisión hace mucho: opté por Francia, opté por las naciones soberanas, opté por la libertad.

Este texto fue escrito originalmente en francés. Puede leerse aquí.

vía : The New York Times

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